martes, 25 de febrero de 2014

Laberinto 38.1 Elegía de los rizos: Primera Elegía.


§ 1. De cómo una mujer con chinos no debe hacer caso de lo que la gente lacia le critique
Para Shu

1.1  Se dice que cada cabeza es un mundo, que en cada mundo hay ideas infinitas, que el infinito cabe en una cáscara de nuez. Yo he conocido incontables universos y, entre ellos, algunos de cabelleras desparpajadas, abundantes como selvas, atroces como amaneceres. Sus claroscuros me han robado (no en pocas ocasiones) la concentración, y las ideas se han puesto a maquinar mejores formas para cantar todas sus bondades.

1.2  Nunca, sin embargo, he logrado perderme en su filigrana de retruécanos masivos. Con todo, sus rizos fascinan por lo indómito de su voluntad, lo desconcertante de sus retornos en medio de humedades, lo natural de su cascadeo sobre los hombros y sobre los nombres. Permanecen brillantes para siempre, y en constante reformulación, debido a que carecen de la aerodinámica propia de los tejidos más moldeables, pero menos divertidos, de los lacios.

1.3  Por esta razón, por el movimiento perpetuo y el reacomodo constante de sus salvajes cabelleras, la mujer de rizos posee una sensibilidad especial para el cambio y la transferencia. Es un rasgo que domina su carácter y que le permite repensar en un santiamén cursos enteros de acción cuando se ve enfrentada a la inamovilidad de los destinos. No así los lacios, para quienes todo es engominado y perfecto, en quienes reposa una serenidad estática de frutos acicalados y moradas impermeables.

1.4  De modo que la diversidad de caracteres que se impuso en el principio de los tiempos por mor de la simetría en el universo, no debería obstaculizar el avance de las espirales y quebradas formas curvilíneas de la conciencia. En cambio, al aprender a resolver las diferencias, encontrarán que los unos contrarrestan los defectos de los otros. O, como bien dicen los que saben, que entre bellas y peinados las sobriedades absolutas nunca fueron elegantes.

1.5  Vale más, por tanta ciencia, reconocer las libertades de las ondas dulcemente entre los cielos, pues emulan el amplio discurrir de las riveras y la sabia discusión de los aéreos que nos empujan persistentes con seducción inescrutable a disfrutar revoloteos de juventudes y memorias ancestrales.

1.6  Vale más, por tantas artes, suspirar entre sus vuelos como el ave que, cantando, emula cientos de otras voces. Vale más pintar acciones que perduren en sus curvas de mosaicos infranqueables, como materia viva del cariño que profese un adecuado buscador de las permutaciones.

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