sábado, 22 de febrero de 2014

Laberinto 38.0 Elegía de los rizos (Prefacio)


§ 0. Prefacio que cuenta la dicha perdida de los rizos (y de los capilares ondulados) y que excusa al autor de las opiniones vertidas en la nombrada elegía por arte del recurso literario

0.1  Los doce parágrafos siguientes, como apóstoles de una lógica espiral, pretenden retratar el discurrir de aquellas ficciones que han surgido apegadas a las frescas cabelleras de quienes se nutren como centro; quieren ser también testimonio de su influjo sobre esta escritura apresurada, espontánea o esponjosa (que no esponjada porque no tiene más de qué jactarse que de ser arroyo de palabras) que quisiera dar algún remanso a las ideas una vez captada por los ojos.

0.2  Sirvan también como testimonio de gratitud y de la persistencia en esta pluma de minucias y recuerdos como ecos, que hasta el alba habrán de parecer a ojos ajenos pretextos simples y pasajeros. Quiera el Infinito que las dueñas de aquellos rizos y de esos cabellos ondulados que intento retratar entre las letras, se reconozcan y se acepten reinventadas en alguno de estos lienzos de palabras.   

0.3  Sepa el lector que, sin embargo, no hablo más de lo que he visto o imagino. Me consuela que, a pesar de mis ciertas ignorancias y la posible parquedad de mis palabras, las razones que divido en una docena de claveles, llegarán a conocerse como ciertas en un mundo erigido para cada una de ellas, a quienes de un modo u otro irremediablemente perdí.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Laberinto 37: Hurakan


En el principio fue Hurakan. Y por su sonido, el viento creó todas las cosas. De ellas, ninguna sabía de dónde venía o hacia dónde iba; pero tampoco sentían la necesidad de preguntarle a aquel creador juguetón que nunca se detenía más de un instante en cada rincón del mundo. Se movían, todos, a sus anchas sobre las aguas, sobre la tierra y bajo las rocas. Y ninguno tenía la necesidad de saber, porque todos los misterios aún no habían sido escondidos. Entonces llegó el frío. 

Algunos creyeron que también lo había traído el viento. Pero no fue así. El frío era una de sus primeras creaciones que, demasiado miedoso para preguntar razones, se había cansado ya de ser. Él había venido solo, con el firme propósito de acabar con la armonía. Y mientras el viento nunca cesaba en su marcha, el frío se instaló entre el resto de las cosas y los animales y las personas creadas por el viento. Y el frío las llenó de miedo.

Así fue como el mundo se fue apagando. Triste, perdió los colores de su origen y la alegría de sus canciones. Así fue como los hombres nos volvimos más extraños; y como iniciaron las guerras, las envidias y los celos. Y cuando el viento volvió, encontró un mundo oscuro de tan blanco, y caótico, tan caótico de lo quieto que se había vuelto.

Rugió su ira en tempestades, y los hombres conocieron su poder devastador. Las nubes, enmarañadas, soltaron infinitas cantidades de humedad sobre la tierra. Y cuando al fin pensaron todos que el mundo iba a perecer, el viento se quedó por primera vez quieto, en silencio. Entonces la luz rompió las nubes, la tormenta y los terrores. Y el frío fue expulsado de la tierra.

Pero a pesar de la victoria, Hurakan supo que de aquellos tiempos aciagos quedó un resquicio en los corazones. Por eso, cuando los hombres sienten miedo, nosotros los poetas, y los profetas, anunciamos la Palabra alada, que nos dijo el viento. Para que, por su camino, el corazón disipe los fríos y las tinieblas. Y por su camino también tengamos amistad y comuniones. 

viernes, 15 de noviembre de 2013

Laberinto 36. Huastecos

El bat'au me miró con el ojo que le quedaba sano y dijo:
Cuando era niño, llegó a casa un hombre de habla extraña y andar descalzo. Me contó sobre la fiesta de los panes, y los peces saltaron a los platos. Muchos años pasaron para que entendiera los caminos de aquel hijo de la tierra. Entonces empezó mi viaje en espiral hacia los bosques. Me aseguré de no dejar nada perdido en la hojarasca; pero al fin creo que olvidé un alfiler entre los espinos. Tiemblo de miedo al recordar esa angustia que me provocó el haber perdido un ensamble de mi coraza. La impureza había venido sobre mí.

Intenté olvidar, en mi paso por los valles y los ríos, el punto débil del ichīch que me sangraba, pero fue imposible. En la lengua llevaba escrita la causa de mi exilio, y en mis ojos podían leer otros viajeros la fuerza de mis soledades. Cada vez que abría la boca para hablar me precedía la astucia del extraño y los oídos, las manos, los corazones, quedaban cerrados para siempre en mi contra.


Por entonces Chunūn, el colibrí, no me conocía. O me conocía y no. Como se hace con los amigos que están lejanos, a quienes se les ve sólo entre sueños. Me sabía en esencia, Chunūn, mi alegría. Pero no sabía mi circunstancia, ni el motivo de mi viaje. Me sabía veloz, y pasajero; pero no despergeñado. Me sabía de tierra como yo le sé de viento.


Por entonces lo único que animaba mi retorno era el juego de sus alas, que me llegaba en sueños. Siempre en sueños. Pero la purificación no vendría sino hasta que encontré de nuevo al thit’om, el hijo de la tierra. Me contó una vez más sobre la fiesta. Y a pesar de trabajar con el ichīch desafinado y sangrante que le di, me devolvió no una maquinaria de piedra nueva, sino una maravilla de carne de espíritu de vida. 


Y ahora ya ves, otros viajes me llevaron a emular su relato de los peces, y los panes pasaron de mano en mano.




miércoles, 30 de octubre de 2013

Laberinto 35: Memento mori

Morirán los ancianos con el pecho inflamado de leyendas.
Remanso de paz fue la palabra para ellos;
lo que ahora mismo es el silencio para otros.

Misericordia han recibido aquellos que siempre nos odiaron;
pero la flama eterna del soldado al paso de los años
se extinguirá también en la conciencia. 

Sabré por siempre que el fulgor de las batallas, 
que la gloria de los nombres, nada vale sin memorias.

Quizás el cuento del cobarde prevalezca,
y así la patria perderá su descendencia.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Laberinto 34

Monarca

Quisiera contarte una historia importante. La historia de cómo te perdí entre la niebla. Pero ya te encuentras lejos. Y mi voz se apagó hace muchas lunas. Algún árbol tropical te abrigará, mariposa en arrullo. Y mi corteza caerá a lo largo del camino como el hielo derretido en primavera, para nunca más mirarte cuando vuelvas.

viernes, 10 de junio de 2011

33.09 Laberinto: Sol-Jaguar (60 days of freedom)

Día 52.

A mil kilómetros de aquí te encontraré danzando entre los mayas. Buscadores de tesoro y merolicos se apropiaron del hogar de los abuelos; pero tú, que has encontrado el devenir de los cambiantes ciclos estelares, te concentras en tus pasos. Para llegar ahí la noche en vela te esculpió perfecta. Yo, jaguar, te saqué del inframundo y del recuerdo a esta mi luz que va creciendo en mi mañana.

Mientras duermes el camino canta, y a tu despertar se llena de emociones. Descubrir cada rincón con ojos nuevos te dejará poblar mis ilusiones de palabras. En tu corazón encuentro la pureza tan buscada. Y mi fuerza de felino magnifica la sonrisa que adivino en tu escritura. Porque el tiempo y la distancia se han formado en caracteres y en espacios.

Te estremece el equilibrio con que veo todas las cosas: como sol que sale siempre sobre buenos y malos, sobre libres y esclavos, justos e injustos. Eso, respondo grave, es porque no creo en la objetividad. Estoy tan lleno de mí que no me toca la arrogancia. Heredero del Eterno, soplaré para que otros lo conozcan. Cabalguemos con el viento a donde quiera. Y, si me lo permites, te enseñaré que todo lo importante de mi vida, en una palabra, es: dar.

El calor de mis brazos que te envuelve volverá a mí con tu perfume mientras viajas en el carro cual si fuera el de este Apolo. ¿Se preguntan por qué gozas tanto con el cielo? Contemos las nubes; cantemos las formas que revelan nuestra historia. Sabemos que el viento nos libera: lleva mis suspiros hasta ti, y a mí vuelve con tus besos.

Azul de la tarde en el santuario de la selva te esperará a que llegues para anclarlo en tu mirada. En unos días buscaré su recuerdo en esos ojos tuyos que tanto necesito. Entonces volveré a formar todas las cosas por su orden. Tal como me lo enseñó papá, el Eterno, daré luz, calor y vida; daré certeza y movimiento. E incluso en la noche te protegeré como jaguar.

jueves, 9 de junio de 2011

33.08 Laberinto: Fin de clase (60 days of freedom)

Día 53.

A veces es muy duro despertar. Me he caído de la hamaca y en este suelo de tierra me encontraron las hormigas. Treinta y tres escuadrones con su fuerza de Titanes me subieron al altar del sacrificio y me hicieron perorar un discurso inaugural en despedida; el octavo en mi carrera llena de luz como al principio.

No fue por vez primera que declaré finiquitados los trabajos de la clase; pero tal vez por ser la última del ciclo me puse más sentimental. He aprendido, sin embargo, con termodinámica certeza que a pesar de la distancia la amistad no se termina, sólo se prolonga. Y mientras digo la sentencia me atraviesan el cuerpo como espinas mis captoras. Llevadas en rayos de emoción me paralizan la voz mientras fabulo.

Un cuento veloz quiero contarles a los niños. El último del preludio, el único de mi autoría. Y es que después seguirán hacia otros puertos en donde ya mi embarcación, la del altar del sacrificio, no podrá recuperarlos. Con toda la ansiedad en mis cadenas intercalo la ficción en mi discurso. Y el acorde inaugural se desliza entre los labios.

Mientras más se acerca el fin del tiempo en la clepsidra, comprendo que no es fácil perder el lugar donde he crecido. Tantas voces me han formado. En el cruce de miradas, el saludo ocasional, la palabra dicha al aire, van surgiendo los amigos. Y si fuera necesario, me los llevaría hasta el fin mismo de la tierra. Te lo digo a ti, que me quieres tan de repente. No porque tema que me olvides. Ni para llenar nuestros espacios con simplezas. Te lo digo porque sé que aunque me vaya, seguiré escribiendo laberintos para ti.

Miro la voz de los muchachos, oigo el agua de sus ojos mientras puedo contener el sórdido torrente al que le temo. Ese que sale de mí en los días soleados, no para regar la tierra sino ahogar el cielo. Ofrezco estos últimos abrazos a la gran hermandad de niños verdes. Soy mejor poeta que maestro. Soy mejor maestro por sus voces. Los miro, remiro y admiro a todos con sus boinas verdes, sus medallas de valor, sus charreteras. Quizás alguno de ellos se atreva a salvarme de las hormigas que me alejan de la vida por el río que yo crecí.

Que el rescate nos sea provechoso. No tengo más que decir.